ARGENTINOS Y EXTRANJEROS SE PURIFICARON EN EL JARDÍN JAPONÉS
En esta ceremonia la gente busca limpiar su cuerpo y su alma de todo lo
negativo. Sin importar nacionalidad ni religión, el incensario del Jardín Japonés recibe a los visitantes del mismo modo que en los templos de Asakusa, Japón.
El Jardín Japonés es quizás la oveja negra de la nerviosa Ciudad de Buenos Aires. “Aquí está ese ‘no se qué, qué se yo’, que hace que la esquina de las avenidas Figueroa Alcorta y Casares sea Okazaki”. Al menos así pensaba en voz alta Ricardo, uno de los primeros visitantes que observaba los Sakuras y Burashinokis, árboles característicos de la isla oriental.
El tiempo parecía entorpecer las cosas, pero la lluvia cesó dos horas antes del inicio y a las 10 exactas ya se abrían las puertas que dan a la calle Adolfo Berro. En seguida se acercó un padre con su hija a la boletería. Salió una voz desde la oscuridad de la cabina: “Cinco (pesos) los mayores y uno los menores”.
KIYOME. Ceremonia de Purificación - Castelo Araldi Marcos
Detrás entró Jorge. Era un jubilado que conservaba su pelo oscuro y su espalda erguida como cualquier adolescente de quince años. Parecía conocer a todo el mundo. Saludó y empezó a caminar las primeras piedritas del camino. Jorge Muñoz es un vecino que va “casi siempre”. “Es hermoso. Es como estar allá”.
Media hora después de la apertura, el jardín albergaba unas veinte personas curioseando y haciendo todo tipo de comentarios. Algunos en español, otros en alemán, inglés, en fin. Mientras tanto, casi como en su propio mundo, Ayako Kishimoto hacía honor a su trabajo y preparaba el lugar. Encima de su cabeza colgaba un campanario verde del tamaño de una mesita de luz. A la altura del vientre de Ayako, el incensario. Una especie de palangana de hierro negro, lleno de arena. Algunos ya sabían de qué se trataba. Otros se acercaban sin respetar la cadena que cortaba el paso a la altura del tercer escalón. Entonces la encargada del incensario volvía al mundo real y se quejaba: “¡Ahora no! Después de las 11”. Y seguía con lo suyo.

DESDE ARRIBA. El jardín ofrece además un mirador en el 2do piso del restaurante. - Castelo Araldi Marcos
Eran las 11 y el olor a incienso se podía sentir hasta en los rincones más ocultos del jardín. Además, llegaban desde un lugar remoto unas flautas japonesas que a Günther, un turista alemán, lo “trasladaban una y otra vez al archipiélago japonés”. El viento, que por momentos les recordaba a los visitantes la larga lluvia de la madrugada, se alejó para siempre. Entonces Ayako terminó de encender las velas de alrededor y colocó una cajita azul con recortes de sahumerios en su interior. Entretanto, un hombre de escasa estatura, encendía las antorchas al inicio de la escalera que daba al incensario. No faltaba más. La ceremonia de purificación sería un éxito. Eran las 10:55 y estaba todo dado…
Ayako se paró de espaldas a la gente y al lago que atraviesa el jardín. Encendió uno de los sahumerios. Hizo unas reverencias y se alejó. Detrás de ella pasó una señora vestida como si estuviera en el living-comedor de su casa. Tenía unos 55 años. La imitó casi al pie de la letra. Luego se acercó a los presentes y entregó un panfleto a cada uno. Allí, en letra lila, se exponían los pasos a seguir. En tanto, Jorge le explicaba a una pareja de jóvenes: “Tenés que encenderlo (el sahumerio) con las velas de ahí y los insertas en la arena. Después das un paso para atrás y te tirás el humo para vos con las manos. Si te duele algo del cuerpo te lo podés pasar por ahí. Bajás las escaleras y listo. Ya se purificaron…”
El incensario continuaría encendido un tiempo más, aunque rápidamente la base de las escaleras quedó vacía para las 12. Ahora los purificados se dirigían al restaurante del fondo. Allí comenzaría la ceremonia del té. Otros preferían la feria de artesanos. Ayako explicaba que “en Japón esto se hace todos los días, que en el jardín llevan tres años haciéndolo”. La razón es simple. “La gente del Japón es muy tradicional y aquí intentan mantenerse unidos a sus costumbres”, agregó.

COMO EN IGUAZÚ - Castelo Araldi Marcos